
"¡No nos felicitéis, amigos! ¡Compadecednos y dejad que os envidiemos! Los dichosos sois vosotros que todavía continuaréis aquí libres de cuidados, sin preocupaciones, ¡felices!, ¡jóvenes! Nosotros acabamos de desposarnos con la inquietud. Los trabajos suceden ya al descuidado "no importa" de estos años azules, cuya muerte celebramos, estúpidos, en vez de llorarla. Ahora se disuelve la comunidad de nuestros corazones. [...]¡Adiós, amigos! ¡Vamos al mundo! Acaso no nos volvamos a ver más y el apretón de manos, el abrazo cordial con que ahora nos despedimos sea el postrero. ¡Adiós, años felices, años rosados, años buenos!... ¡Años únicos! ¡Ya somos hombres! ¡Qué desgracia! Como los discípulos de Cristo, vamos a repartirnos por el haz de la Tierra, aunque no para predicar la buena nueva. Los unos, seremos cónsules; notarios los otros; esos, periodistas; aquellos se aplicarán al cuidado de su bufete; investiránse éstos con la dignidad del juez; para algunos guardará la cátedra sus glorias o su comodidad; tal se desposará con la política. ¡Qué asco! Será diputado, senador, acaso llegue a ministro. ¡Dios no lo quiera! Quizá será el más sabio el que acierte a pedir paz a la quietud de su aldea...
Yo ruego a la diosa voluble y arbitraria que preside los destinos de los hombres, que vuelque sobre todos nosotros los dones de su favor... Pero, por mucho que quiera protegernos, nunca nos dará tanto como hemos tenido; como perdemos ahora. Podrá colocarnos en las que la imbecilidad o cortedad de vista de las gentes llama cumbres; pero nunca volverá a ponernos tan alto como hemos estado, porque nunca más, ¡ay, amigos!, seremos estudiantes..."
No son palabras mías, se las he cogido prestadas al licenciado Barcala para tan señalada ocasión. Hoy, en Madrid, para visitar a mi antigua -pero no olvidada- alma mater y estar pasando el rato con mis compañeros recuperando seculares tradiciones como la mente colmena, la verborrea comunal, los bostezos o el Torontontero; y aprovechando para quedar nuevos recuerdos a añadir a la cremita, el arco de luces o tantos otros. Pero sobre todo para que ya oficialmente se nos considere "señores licenciados".
En estos momentos echas la vista atrás y ves que cinco años han pasado volando y que al final todo para un trozo de tela. Pero un trozo de tela que simboliza mucho y de lo que en realidad sólo es mérito mío un par de puntadas. El trapo tiene en su mayor parte responsabilidad de unos padres que me apoyaron desde un primer momento, hasta hoy y esperemos que por mucho antes desde que me decanté por hacer una carrera de éstas sin futuro y que no sirve para nada. Junto a ellos, por supuesto, unos hermanos que se han hecho presentes de un modo u otro, pero que siempre han estado allí. Y sin duda aquellos que hoy no han podido estar en el patio de butacas pero seguro que han tenido platea de vistas privilegiadas y a los que debo buena parte de la tela azul purísima y de lo que pase después. Por desgracia no podré poner la primera foto de letras puras en la mesa de la sala junto al de amarillo, la de azul oscuro, el de marrón y la de morado; pero seguro que ellos ya tienen una copia de la instantánea. Ahí, entre esos primos y tíos, también tienen un pedacín de tela.
Más allá, sin duda alguna mucha culpa de ese trapo tienen esos amigos que han estado conmigo estos cinco años, tanto los que nos conocimos en ellas y compartimos grandísimos momentos (y los que quedan); como los que ya arrastraba de antes, de un colegio donde también encontré buenos pilares que tienen alguna que otra puntada de la gamuza ésta.
Sois vosotros los que esta tarde me empujábais al estrado a que el señor decano me colocase sobre el pecho la banda, y vuestra es ella y el
gaudeamus. Muchas gracias por todo.